Desperfectos cotidianos
Encuentrome aquí hoy en esta noche, reflexionando un poco sobre acontecimientos del pasado. Mientras que de reojo chequeo que la pésima “sit-com” de FOX (no miro otro canal) termine de una vez, intento ordenar mis ideas a fin de sacar adelante este post. Por dios… esta serie es de cuarta, y lo peor es que conozco gente que la mira y dice que es excelente. Idiotas.
En fin, a lo que me compete. No es extraño que cada tanto veamos nuestra rutina sutilmente modificada a causa de desperfectos que se van dando en los objetos que nos rodean. Todo, desde lo más humilde hasta lo más sublime, tarde o temprano termina por cagarse y fallar.
Pero vamos desde el principio. Hace años, cuando cursaba la secundaria siempre iba a comer a lo de mis abuelos y terminaba quedándome casi todo el día allí por una cuestión de comodidad geográfica dadas mis demás actividades. En el departamento tenía un cuarto y un televisor que era mi compañero en esas tardes largas de mi adolescencia. El pequeño problema era que el muy maldito tenía la costumbre de emitir un sutil silbido, muy agudo como para ser percibido, pero era de esos zumbidos que una vez que lo escuchaste, nunca jamás vas a poder dejar de percibirlo. Apagar y prender la tv no daba resultados, desenchufarla un rato tampoco, así que me veía obligado a recurrir a un método más precario. Unos golpecitos con la palma de la mano dieron resultados al principio.
Cabe decir que el televisor estaba en una mesa más ancha que este lo cual me permitía apoyar mis pies a ambos lados del mismo cuando me sentaba frente a él. Esto revolucionó mi método del “Toc toc toc” permitiéndome hacerlo con los pies. Con el tiempo el chifle se volvió más y más obstinado lo cual requirió que aumentara la fuerza de los golpes. Pero a la par la imagen del televisor comenzó a fallar (obvio). O sea que otro problema, ahora no solo chiflaba, sino que cuando lo arreglaba de eso tenía como consecuencia una pérdida de imagen. Claro que a falta de conocimientos técnicos volvía a recurrir al mismo método. Un par de golpecitos y arreglaba la imagen. Finalmente pasaba que el televisor perdía la imagen y chiflaba al mismo tiempo y no había golpe que lo arreglara. Pero el muy cínico tenía la costumbre de hacérmelo a mí. Cuando había alguien más en la habitación se portaba como un duque. Muchas veces cuando yo frustrado de golpearlo al pedo me daba vuelta y me retiraba volvía a funcionar, y no hacía yo más que ponerme de frente nuevamente que volvía a perder la imagen. ¡Me lo hacía a mí!
Esa fue mi primer experiencia con cosas que fallan, al menos que yo recuerde. Demás está decir que un televisor que eventualmente deja de funcionar es el menor de mis problemas. Lo que esta bueno es cuando por ejemplo el lavarropas hace un ruido extraño incluso cuando le pones un par de medias nada más. Entonces a sabiendas de que un par de pataditas no lo van a arreglar llamás a alguien que sepa, o que debería saber. Y lo que esta re bueno es que el tipo que arregla lavarropas viene, lo prende, lo revisa y te dice “Y no… esto anda bárbaro, seguro que metiste algo con hebillas o se te cayó una moneda. Esas cosas suelen pasar”. Cuando tu cara de asombro ante el fantástico esfuerzo del tipo por no querer laburar se vuelve insostenible, y te ves obligado a pagar la visita y no haber solucionado nada ni te explico. Es todo una fiesta.
Quizás mi karma durante mucho tiempo han sido los celulares. Recuerdo cuando tenía un Motorola V220i. Lindo el bichito. Pero de un día a otro comencé a experimentar un comportamiento de lo más inusual. Una pérdida de señal repentina y en apariencia injustificable. Por ejemplo, en la ochava de la facultad tenía toda la señal, un paso fuera de la misma y no tenía nada. En la parada del colectivo, si estaba parado al lado del poste no tenía señal. Cinco pasos (cinco, no cuatro, no seis, cinco) para atrás volvía a tener señal. Yo cuando salgo de mi casa tengo una rutina. Cierro, guardo las llaves, saco los cigarrillos, me prendo uno, guardo todo, meto la mano en el bolsillo, saco el celular y lo prendo. El mismo tardaba exactamente diez (no nueve, no once, diez) segundos en arrancar. PERO (y esta es la más bizarra de todas) si al momento de prenderlo estaba yo cruzando la calle, pasados los diez segundos me encontraría frente a una construcción. Si el teléfono, al momento de “arrancar”, lo hacía en el preciso instante de estar parado en ese metro cuadrado entonces se reseteaba y tardaba como veinte segundos en volver en sí. Miles de veces conté esto y todos me miraban con la misma cara de incredulidad con la que ustedes me leen hoy. A falta de contar con un teléfono que me resultara funcional, dado que para hacer un llamado me tenía que poner en la pose de “la culebra que canta boleros” me compré uno apenas un poco mejor que prácticamente me lo regalaron. Quiso el destino que al mes de gastar esa plata me cayera de arriba un Razor. Obvio el que compré era inferior, así que me dediqué a usar el V3. Cuando me lo dieron lo hicieron con una sutil advertencia “Mira que a veces anda mal”. No le di importancia, onda… ¡Era un Razor!
Creo que llegué a odiarlo más que el anterior. ¿Por qué no volví al que me había comprado nuevo? Porque soy terco. El bicho este se tildaba. Pero no era algo de todo el tiempo. Era cuando tenía la batería muy llena, o cuando pasaban 5 horas desde haberlo prendido, o tras haber mandado 3 mensajes y hacer un llamado (si, 3 y uno, no 4 y 2, no 2 y 0). Pero era loco, porque se tildaba el display, vos no veías lo que estabas haciendo, pero lo hacías igual. O sea, tipeabas un mensaje y aunque pareciera que no estabas escribiendo, después se destrababa y estaba todo escrito. Esto hacía que uno pasara por alto el pequeño imperfecto. El problema era cuando querías mandar un mensaje de urgencia y se trababa como seis veces durante el proceso. O cuando querías atender un llamado y no te respondía el botón de atender porque el bicho estaba tildado.
Si, lo quería revolear por los aires. Por cierto, vendo V220i y V3 en perfecto estado :)
La computadora que tenía una vez se le venció el rígido al año de adquirirla. Perdí todo.
La que tuve después no andaba la lecto-re-grabadora que venía de fábrica.
El modem del servicio de internet se me venció y antes de que vinieran a cambiarlo tuve que atravesar una épica batalla en la que me ofrecieron miles de soluciones ineficaces a las que me tuve que ver sometido en el transcurso de meses.
El servicio de internet… bueno, tiene sus días.
El calefón no calienta. El agua no tiene precisión. El agua tiene tanta presión que el calefón no llega a calentarla. El calefón esta fuerte siempre. La heladera se descongela sola durante la noche y a la mañana tenés que estar limpiando todo. El conversor no anda. La lectora del equipo de audio esta medio desatinada y hace ruido. Los zapatos me aprietan y las medias me dan calor.
Todas estas eventualidades que se pueden dar por separado, en seguidilla o todas a la vez nos dan ganas de gritar “¡NO ANDA NADA!” y revolear todo a la mierda.
Pero la realidad es que no solo las cosas comienzan a fallar de un día a otro. Muchas veces lo que también falla es nuestra percepción de las mismas.
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Perdón… me tildé. Me es terriblemente difícil concentrarme en lo que estoy pensando dado que del otro lado de mi pared tengo un baterista. Mi preciado engendro, recuerdo cuando hace años justificabas tu falta de destreza con la batería a causa de que estabas aprendiendo. ¡¿Y ahora qué excusa tenés?! ¡Es atroz!
Pero volviendo, lo que a veces comienza a fallar es la percepción que tenemos de las cosas. Vale decir, de un día a otro no te gusta más. Si es un objeto lo reemplazas por otro. Ahora, si es tu casa…
Recuerdo bien el día en que decidimos que la cocina necesitaba unas refacciones. Durante el tiempo que empleamos en decidir las dos bobadas que eran necesarias no tardamos en darnos cuenta de una cosa. La cocina nos era disfuncional. Entonces nos replanteamos toda una nueva organización del espacio. Lo cual no solo implicaba tirar toda la cocina abajo sino también, y por qué no, cambiar la puerta de lugar.
No voy a entrar mucho en detalles, me voy a limitar a decir que todas las mañanas despertaba con los infernales golpeteos de los albañiles que llegaban al alba. Recuerdo despertar y ver que todo en mi habitación vibraba al ritmo de esa letanía. Salir al pasillo en pi
jamas en dirección al baño y toparme con tres o cuatro personas que están tirando las paredes abajo y saludarlos entre sueños lo cual era medio incómodo. Entrar al baño tarareando “bum bum bum bum” al ritmo de los martillazos no es buena señal, pero es mejor que escuchar que del otro lado de la puerta te dicen “¡Cortamo´el agua amigo!”. La tierra, el polvo y los ladrillos rotos eran nuestros compañeros del día a día. Kosovo era más tranquilo.
Finalmente y para terminar. Muchas cosas no andan, o no nos gustan, o necesitan arreglos. Darle unos golpes a veces es satisfactorio y necesario, y otras veces improductivo e inútil. El secreto está en disfrutar esos escasos momentos en los que no hay que hacer nada y todo funciona bien.
Digo esto mientras la pintura del techo se resquebraja y cae sobre mi café y mi sanguchito. Se me acabo la paz, es hora de pintar todos los techos :(

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Muy bueno, al fin me lo lei todo :)