Calor y urbe
Dí con esta idea mientras me encontraba errando urbanamente buscando material para este blog, condenado sea, dicho de paso, el momento en el que elegí su nombre. “Errante Urbano”. Ahá… ¿Qué quiere decir eso? ¿De qué se supone que tengo que escribir? Teóricamente de lo que uno ve en la calle en el día a día ¿no? Bueno, pues bien, por esa razón me encontraba yo caminando sin rumbo por las calles de esta multifacética ciudad. Mezclándome en la urbe, codeándome con ella, frotándome con la gente en mi vano intento de seguir adelante.
Muchos de ustedes a esta altura estarán pensando “Y bue’ flaco… si no te gusta jodéte porque es lo que hay”. Si, ya lo sé. Pero mi supuesto cometido en este sitio es restregarles la realidad en la cara para que la vean con los ojos con los que la tienen que ver. Para que aprecien en su plenitud lo que todos ven la calle, pero que no “observan”. Acostumbrados a la realidad, incapaces de apreciarla con ojo crítico.
Pues eme aquí, y alabadme, pues he venido a iluminaros.
Pues bien, salís a la calle y ya estas pensando a que a lo mejor hay un boludo sentado en tu umbral comiéndose un “chegusán” (porque de otra cosa no califica esa masa amorfa que chorrea algo así como aceite y con las rodajas de tomate colgando de todos sus lados) al que le tenés que pedir permiso para salir de tu propia casa. En fin, saliste, cerraste, y te fuiste. Cara de orto por las dudas, nunca está de más, y ahí vas con paso seguro para que nadie piense que sos un gil. Claro que a los diez pasos empezás a menguar el ritmo porque te acordaste de a dónde tenias que ir y no te causa mucha gracia. Tenés que ir a cambiar una pilcha que te compraron porque te queda chica. Es imposible no pensar en el futuro de nuestra empresa, y en el calor que hace porque es verano, y en el hecho de estar encerrado en ese cambiador de mierda minúsculo teniéndote que probar ropa. El solo hecho de proyectarnos en este futuro poco deseado pero inevitable nos hace transpirar, así que mientras vas por la vereda del sol (porque en verano, por la razón que sea, siempre te toca ir por el sol), con la bolsita colgando de una mano, empezás a sentir el sudor goteándote por la espalda. ¡Pero que no decaiga! Te prendés un puchito y te olvidás.
Llegaste a la parada del colectivo, el sol pega como nunca. Viene el bondi. Mirás haciéndote el piola y pensás “Hay luz adentro, veo la luz de la ventana trasera, de seguro está vacío”. Le haces seña, frena y mientras subís te das cuenta que la luz que vos pensabas estar viendo no era sino el reflejo del parabrisas y que el bondi viene hasta la manija. ¡Puta madre! Bien, ok, sacás el boleto y empezás a empujar. El olor a sobaco es tan fuerte que casi pareciera tomar cualidades corpóreas, lo ves. Es como una bruma que emana de todos y cada uno de los pasajeros. Mientras empujás percibís, no sin cierto asquete, que tu brazo está rozando contra la grasienta piel de una gorda de brazos fofos que esta parada justo al lado de la maquinita. Tu brazo esta tan pegado que hasta empezás a sentir los latidos del corazón de esta foca humana, mientras es untado por una segregación aceitosa que supura su piel. Pero la mina no se da cuenta, por lo que con el mejor tacto posible la mirás y le decís “Permiso” a lo que la morsa da vuelta su rostro hacia vos y con cara de ojete comienza deslizar su masa corporal contra un costado. Para lo que a ella le representa un esfuerzo supra humano a vos te significan unos pocos milímetros de paso. Así que otra vez con cara de naipe mirás a la vieja pedorra que está del otro lado, vestida con un enterito que la hace asemejarse a un pokemón legendario, y volvés a elevar tu súplica. La mujer se hace la sorda, y ves como la gorda anterior comienza a retomar su posición inicial. Al mejor estilo Indiana Jones realizas un movimiento que requiere de toda tu habilidad contorsionista y te mandás por la abertura antes de que se cierre. Llegaste del otro lado, donde te recibe el sobaco de un flaco que viene de jugar al futbol y que usa tu rostro de toalla.
Tras haber luchado (siempre con la bolsita fuertemente agarrada) por salir de entre esa muchedumbre apretujada de forma tan ridícula, y casi haberte caído por la escalera en el intento, te reciben los agobiantes rayos del sol y la calurosa brisa de la media tarde. Se te presenta, no obstante, como se le presentaría un oasis a un viajero perdido en el medio del desierto.
Comenzás a integrarte en la manada de transeúntes que caminan en lo que parece ser una congregación de procesiones que van y vienen. Te unís a una de estas pequeñas manadas y continuas tu trayecto. Mientras vas caminando te das cuenta de que van todos más lento de lo usual, te basta con alzar la vista para determinar la causa del problema. Adelante tenés al clásico dominguero semanal, ese que ya sea un día hábil o fin de semana está ahí caminando como un pelotudo. Es flacucho, y va vestido con mocasines sin medias, o zapatillas deportivas con soquetes. Bermudas color kaki por debajo de las rodillas, cinturón de tela con detalles de triangulitos, y remera a rayas o chomba color pastel. Lleva el pelo peinado con una flamante raya al costado y un importante jopo. Probablemente usa anteojos de vidrios amplios y es medio narigón. Va de la mano con una mina que no sabés como carajo hizo para conseguirla, y obviamente, camina a paso de mula vieja. Ella va mirando hacia arriba, porque él es más alto SIEMPRE, y le va diciendo, con cara de “estoy hablando al botón” cosas como: “…es culpa de ella y vos no tenés por qué hacerte responsable… bla bla bla” o “…deberíamos haber ido por TAL lado… zarasa”. A lo que él responde con frases cortas mientras mira rigurosamente hacia el lado de los negocios. Pero no parece mirar las vidrieras, sino que parece estar estudiando en profundidad cada milímetro de ladrillo, pintura, vidrio y misceláneos, sin perder el más mínimo detalle. Es altamente posible que vayan con un niño ya sea en cochecito o a upa.
Harto ya de este obtuso personaje decidís sobrepasarlo, por lo que empezás a medir los espacios. Regla fundamental de la calle: el que obstruye, va siempre por el medio. Vas a intentar por el lado de la pared, pero está muy pegado, así que intentás por el otro lado, pero o está el pelotudo vendedor ambulante con la lonita tirada en el piso y sus artesanías expuestas, o el negro brasuca con la sombrillita cargada de alhajas (de misteriosa procedencia) y las dos o tres pendejas manoseándolas todas, o el de la mesita montada con caballetes que vende pelotudeces.
Retenés tu calma durante tres metros más hasta dejar atrás al vendedor y así pasar al pelotudo, claro que esto te lleva alrededor de diez minutos porque camina muy lento.
Lo pasaste, aires de libertad azotan tu rostro mientras aumentás la velocidad para llegar más prontamente a destino. En tu trayecto te cruzas con la fauna habitual. El de los olores raros provenientes de zonas extrañas de su cuerpo, que elige frenar de golpe y casi te lo comés crudo. Las pedejas que van zigzagueando por la calle agarradas todas de los brazos. La vieja chota (The power of Christ compels you!) con la bolsa. El negro con la mochila y ropa súper sucia. El darky-gotico-alterno-rockero que es un mejunje de colores extravagantes y tiene más púas que un cactus. La clásica madre agobiada que va con el cochecito, y que cree que su vida es tan ardua que tiene derecho de chocarte el pie con la rueda del armatoste portador de un futuro engendro. Todo un show.
Nuevamente un retraso, una pareja de ancianos, imposible de pasar dado que esta el florista, o el vendedor de garrapiñada que contamina con su alquimia el aire decadente de la ciudad, o quizá algún indecente vendiendo globos. En cualquier caso, lográs adelantar a la pareja en un violento envión lateral con el que te ganás sus miradas de desprecio (porque ellos QUIEREN que te quedes atrás) y tal vez un “¡Juventud desbocada!” desmerecido.
Finalmente sorteaste todos los obstáculos, y llegas a la meta. Tras unos minutos en los que te tenés que bancar que el vendedor te mire con cara de “Goooooordooo” porque le pediste un talle más y una buena sudada en el cuartito del dolor donde te mirás a ese espejo cruel y pensás “Goooooordooo”, estás listo para irte. ¿Pero realmente estás dispuesto a soportar toda la travesía nuevamente? No, tuviste demasiado. Por lo que le rogás a los dioses poder conseguir un taxi sin que ningún imbécil se plante unos metros adelante tuyo y te lo cague. Y tras haberlo conseguido, volvés a la seguridad de tu hogar.
Un relato cotidiano, en nuestra multifacética ciudad. Todos lo hemos vivido, pero ¿Cuántos somos capaces de percibirlo? Ahora vos sos uno más, bienvenido a mi mundo.
Saludos.Crimson King.
Muchos de ustedes a esta altura estarán pensando “Y bue’ flaco… si no te gusta jodéte porque es lo que hay”. Si, ya lo sé. Pero mi supuesto cometido en este sitio es restregarles la realidad en la cara para que la vean con los ojos con los que la tienen que ver. Para que aprecien en su plenitud lo que todos ven la calle, pero que no “observan”. Acostumbrados a la realidad, incapaces de apreciarla con ojo crítico.
Pues eme aquí, y alabadme, pues he venido a iluminaros.
Pues bien, salís a la calle y ya estas pensando a que a lo mejor hay un boludo sentado en tu umbral comiéndose un “chegusán” (porque de otra cosa no califica esa masa amorfa que chorrea algo así como aceite y con las rodajas de tomate colgando de todos sus lados) al que le tenés que pedir permiso para salir de tu propia casa. En fin, saliste, cerraste, y te fuiste. Cara de orto por las dudas, nunca está de más, y ahí vas con paso seguro para que nadie piense que sos un gil. Claro que a los diez pasos empezás a menguar el ritmo porque te acordaste de a dónde tenias que ir y no te causa mucha gracia. Tenés que ir a cambiar una pilcha que te compraron porque te queda chica. Es imposible no pensar en el futuro de nuestra empresa, y en el calor que hace porque es verano, y en el hecho de estar encerrado en ese cambiador de mierda minúsculo teniéndote que probar ropa. El solo hecho de proyectarnos en este futuro poco deseado pero inevitable nos hace transpirar, así que mientras vas por la vereda del sol (porque en verano, por la razón que sea, siempre te toca ir por el sol), con la bolsita colgando de una mano, empezás a sentir el sudor goteándote por la espalda. ¡Pero que no decaiga! Te prendés un puchito y te olvidás.
Llegaste a la parada del colectivo, el sol pega como nunca. Viene el bondi. Mirás haciéndote el piola y pensás “Hay luz adentro, veo la luz de la ventana trasera, de seguro está vacío”. Le haces seña, frena y mientras subís te das cuenta que la luz que vos pensabas estar viendo no era sino el reflejo del parabrisas y que el bondi viene hasta la manija. ¡Puta madre! Bien, ok, sacás el boleto y empezás a empujar. El olor a sobaco es tan fuerte que casi pareciera tomar cualidades corpóreas, lo ves. Es como una bruma que emana de todos y cada uno de los pasajeros. Mientras empujás percibís, no sin cierto asquete, que tu brazo está rozando contra la grasienta piel de una gorda de brazos fofos que esta parada justo al lado de la maquinita. Tu brazo esta tan pegado que hasta empezás a sentir los latidos del corazón de esta foca humana, mientras es untado por una segregación aceitosa que supura su piel. Pero la mina no se da cuenta, por lo que con el mejor tacto posible la mirás y le decís “Permiso” a lo que la morsa da vuelta su rostro hacia vos y con cara de ojete comienza deslizar su masa corporal contra un costado. Para lo que a ella le representa un esfuerzo supra humano a vos te significan unos pocos milímetros de paso. Así que otra vez con cara de naipe mirás a la vieja pedorra que está del otro lado, vestida con un enterito que la hace asemejarse a un pokemón legendario, y volvés a elevar tu súplica. La mujer se hace la sorda, y ves como la gorda anterior comienza a retomar su posición inicial. Al mejor estilo Indiana Jones realizas un movimiento que requiere de toda tu habilidad contorsionista y te mandás por la abertura antes de que se cierre. Llegaste del otro lado, donde te recibe el sobaco de un flaco que viene de jugar al futbol y que usa tu rostro de toalla.
Tras haber luchado (siempre con la bolsita fuertemente agarrada) por salir de entre esa muchedumbre apretujada de forma tan ridícula, y casi haberte caído por la escalera en el intento, te reciben los agobiantes rayos del sol y la calurosa brisa de la media tarde. Se te presenta, no obstante, como se le presentaría un oasis a un viajero perdido en el medio del desierto.
Comenzás a integrarte en la manada de transeúntes que caminan en lo que parece ser una congregación de procesiones que van y vienen. Te unís a una de estas pequeñas manadas y continuas tu trayecto. Mientras vas caminando te das cuenta de que van todos más lento de lo usual, te basta con alzar la vista para determinar la causa del problema. Adelante tenés al clásico dominguero semanal, ese que ya sea un día hábil o fin de semana está ahí caminando como un pelotudo. Es flacucho, y va vestido con mocasines sin medias, o zapatillas deportivas con soquetes. Bermudas color kaki por debajo de las rodillas, cinturón de tela con detalles de triangulitos, y remera a rayas o chomba color pastel. Lleva el pelo peinado con una flamante raya al costado y un importante jopo. Probablemente usa anteojos de vidrios amplios y es medio narigón. Va de la mano con una mina que no sabés como carajo hizo para conseguirla, y obviamente, camina a paso de mula vieja. Ella va mirando hacia arriba, porque él es más alto SIEMPRE, y le va diciendo, con cara de “estoy hablando al botón” cosas como: “…es culpa de ella y vos no tenés por qué hacerte responsable… bla bla bla” o “…deberíamos haber ido por TAL lado… zarasa”. A lo que él responde con frases cortas mientras mira rigurosamente hacia el lado de los negocios. Pero no parece mirar las vidrieras, sino que parece estar estudiando en profundidad cada milímetro de ladrillo, pintura, vidrio y misceláneos, sin perder el más mínimo detalle. Es altamente posible que vayan con un niño ya sea en cochecito o a upa.
Harto ya de este obtuso personaje decidís sobrepasarlo, por lo que empezás a medir los espacios. Regla fundamental de la calle: el que obstruye, va siempre por el medio. Vas a intentar por el lado de la pared, pero está muy pegado, así que intentás por el otro lado, pero o está el pelotudo vendedor ambulante con la lonita tirada en el piso y sus artesanías expuestas, o el negro brasuca con la sombrillita cargada de alhajas (de misteriosa procedencia) y las dos o tres pendejas manoseándolas todas, o el de la mesita montada con caballetes que vende pelotudeces.
Retenés tu calma durante tres metros más hasta dejar atrás al vendedor y así pasar al pelotudo, claro que esto te lleva alrededor de diez minutos porque camina muy lento.
Lo pasaste, aires de libertad azotan tu rostro mientras aumentás la velocidad para llegar más prontamente a destino. En tu trayecto te cruzas con la fauna habitual. El de los olores raros provenientes de zonas extrañas de su cuerpo, que elige frenar de golpe y casi te lo comés crudo. Las pedejas que van zigzagueando por la calle agarradas todas de los brazos. La vieja chota (The power of Christ compels you!) con la bolsa. El negro con la mochila y ropa súper sucia. El darky-gotico-alterno-rockero que es un mejunje de colores extravagantes y tiene más púas que un cactus. La clásica madre agobiada que va con el cochecito, y que cree que su vida es tan ardua que tiene derecho de chocarte el pie con la rueda del armatoste portador de un futuro engendro. Todo un show.
Nuevamente un retraso, una pareja de ancianos, imposible de pasar dado que esta el florista, o el vendedor de garrapiñada que contamina con su alquimia el aire decadente de la ciudad, o quizá algún indecente vendiendo globos. En cualquier caso, lográs adelantar a la pareja en un violento envión lateral con el que te ganás sus miradas de desprecio (porque ellos QUIEREN que te quedes atrás) y tal vez un “¡Juventud desbocada!” desmerecido.
Finalmente sorteaste todos los obstáculos, y llegas a la meta. Tras unos minutos en los que te tenés que bancar que el vendedor te mire con cara de “Goooooordooo” porque le pediste un talle más y una buena sudada en el cuartito del dolor donde te mirás a ese espejo cruel y pensás “Goooooordooo”, estás listo para irte. ¿Pero realmente estás dispuesto a soportar toda la travesía nuevamente? No, tuviste demasiado. Por lo que le rogás a los dioses poder conseguir un taxi sin que ningún imbécil se plante unos metros adelante tuyo y te lo cague. Y tras haberlo conseguido, volvés a la seguridad de tu hogar.
Un relato cotidiano, en nuestra multifacética ciudad. Todos lo hemos vivido, pero ¿Cuántos somos capaces de percibirlo? Ahora vos sos uno más, bienvenido a mi mundo.
Saludos.Crimson King.

Muy bien descripta una de tus salidas, "tengo que cambiar esto"!!!